ISLAS CANARIAS  

 Autor: HIPÓLITO ROMERO HIDALGO    

     

Cuando el ajetreo de la vida moderna, se lanza a la calle con vestidos de noche, a las salas de fiestas o discotecas, al atardecer que la marea baja lentamente, como cerrando los ojos la mar, para llenar las copas de los marineros y volver a protestar contra las rocas, en un contraste de paisaje tropical, manchado de bermellón el horizonte celeste, entre palmeras y arena fina, se oye el canto de un juglar, la guitarra flamenca y deje usted de contar...

Donde el olor simpatiza con el degustar de los pescados, al cubrirse de aceite hirviendo, de olivares jienenses, que traen los marineros por su mar, estos al caer la tarde, vuelven allá en sus barcas pequeñas, pintadas y barnizadas, a la par que sus faros deslumbrantes, impulsan el furor de la luz, que el gas butano les hace tragar…

De nuevo la canción, brota de algún rincón de tabernas marineras, una de ellas, blanca de paredes y mezcla de pizarra, colgando en ella están las fotos enmarcadas de famosos que pasaron por allí, o simplemente que lo son. Así goza el oído y las papilas gustativas, aquellos calamares con la caña de cerveza de las islas y el tímpano vibra ilusionado, percibiendo señales de una acústica ideal.

Esa sensación de libertad que dan las gaviotas, reflejando van la emocionada vida, la ilusión y el jaleo van al margen del cotidiano trabajo.

Se desbordan plausibles burbujas del champán francés en los grandes hoteles, el Don Juan, el Concorde, Reina Isabel y esa nota musical y pintoresca la pone el visitante de todas partes y razas, como las diversas hojas de un “archivo de indias.”

 

  

 

 

 

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